Un mundo azucarado


Debido a la creciente demanda de este producto, escaso y muy valioso, los portugueses y los españoles llevaron el cultivo a sus recientes colonias de África y América, donde había tierras suficientes y clima adecuado. La actual República Dominicana tuvo los primeros cañaverales americanos, desde donde se expandieron al resto de Centro y Sudamérica. La cosecha y producción de azúcar exigía mucha mano de obra: por eso las plantaciones americanas de caña de azúcar están tristemente asociadas a la introducción de los esclavos africanos en estas tierras.

Desde entonces, y especialmente en los dos últimos siglos, la producción y el consumo de azúcar no dejaron de crecer. En 1800, el mundo generaba unas 250 mil toneladas, cifra que se elevó hasta los 10 millones a principios del siglo XX. Hoy, la producción mundial roza los 140 millones de toneladas: más del 70 % se obtienen a partir de la caña de azúcar. El resto, de la remolacha azucarera.

La alimentación mundial es cada vez más rica en azúcar: golosinas y bebidas azucaradas aportan una enorme cuota. Si bien se asocia su consumo exagerado con la diabetes y otros desarreglos metabólicos, el problema está en el exceso de calorías, ya vengan de azúcares o de grasas. La Organización Mundial de la Salud recomienda una ingesta de 30 a 50 gramos diarios. Sin lugar a dudas, el azúcar es uno de los placeres básicos de la vida, una sustancia presente en todos los alimentos y, con moderación, podemos seguir disfrutando de ella, del sabor simple que nos regala en cada bocado un viaje a la felicidad de la infancia.

 

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